Columna de Opinión: Futuro, pasado, futuro

Se invierten recursos desde todos los ámbitos, para predecir, evitar y subsanar crisis, sin embargo, tarde o temprano aparece aquel instante de implosión que el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce designó como tiempo primero o primeridad y que tiene demasiado en común a los momentos de crisis. Por Verushka Fuentes
Viernes, Noviembre 13, 2020 - 13:45

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El concepto de crisis y sus consecuentes sinónimos- cambio, vicisitud, mutación, etc.- están presentes en casi todos los diálogos ciudadanos actuales. No es para menos si se ha reconocido desde todos los sectores que los signos de la crisis son evidentes y aparecen desde todos los nodos decisivos de la sociedad, al unísono y con efectos mayormente inciertos. Sin embargo, sí hay algo cierto en una crisis y esto es que la crisis es esencialmente indefinible, al menos por un tiempo.

Se invierten recursos desde todos los ámbitos, para predecir, evitar y subsanar crisis sin embargo tarde o temprano aparece aquel instante de implosión que el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce (1) designó como tiempo primero o primeridad y que tiene demasiado en común a los momentos de crisis; a grandes rasgos la primeridad se caracteriza por ser el momento en que los seres humanos se enfrentan a un hecho de carácter absoluto, que se percibe desde la experiencia emocional. Es un momento indefinible, que altera todo lo conocido y que desarticula todas las posibles respuestas específicas ante lo que acontece en el presente.

Siguiendo la línea conceptual de Peirce, habría que aclarar que el autor advierte que frente a los tiempos primeros- o tiempos críticos en este caso- utilizar cualquier mecanismo racional constituido previamente a la implosión, para afrontar la crisis podría resultar impreciso. La conmoción interna del choque entre los hechos como se presentan y los aprendizajes previos, no permitiría articular referentes, se hace difícil dibujar contornos al mapa de complejidades que se experimentan en los momentos primeros o momentos de crisis. No obstante, el momento primero no es perpetuo, la necesidad de conocer lo que ocurre, de hacer frente a lo aleatorio, obliga a la sociedad humana, como diría el filósofo francés Henri Bergson, a actualizar aquello que se conserva en la memoria y utilizarlo como fuente constitutiva de lo que vendrá. Se debe aclarar por cierto, que Bergson no habla de un rescate bibliográfico del dato resguardado en los archivos clausurados de la memoria, habla de una restitución activa, es decir, de una actualización que implica reconocer honestamente, que el movimiento de recuperar el registro desde el pasado al presente, modificará en el trayecto muchos de los aspectos de aquello que fue una certeza y que alguna vez se retuvo en la memoria como parte de la historia colectiva e individual por lo mismo luego de una crisis resulta un esfuerzo vano rescatar intacto lo que ya no es.

Se hurga casi instintivamente en el pasado como un recurso protector ante el lienzo vacío de respuestas ante la crisis, se intenta conservar lo habitual en una lucha infructuosa, puesto que la naturaleza nos presenta de forma irrebatible, que todo es cambio.

La primeridad, por lo tanto, ha de ocurrir como aspecto central de lo evolutivo y ante ese desafío de enfrentar la crisis, que es una constante en la vida humana, a pesar de todo habrá que intuir lo nuevo, pero tampoco olvidar que la propuesta de Peirce, contemplaba también un tiempo de segundidad y terceridad, en un intento de explicar que la implosión y la crisis también tendrá una duración específica.

En relación con todo lo anterior, hay que retomar diciendo que la respuesta a la crisis por lo tanto vendrá de la intuición, de la creatividad, de la respuesta no aprendida, más honesta con lo necesario en un ahora, que no es otra cosa que la puerta al futuro. La crisis mira desde muchas direcciones hacia el pasado, pero debe responder al presente y principalmente al futuro, que, por la dinámica de los procesos, traerá nuevas crisis.

Conocer lo cierto de lo aleatorio, permite que el tiempo de la vida, sea un tiempo donde no haya espacio para la rigidez, en el que habrá que comprender que todo lo vivo se transforma, que donde hay movimiento habrá crisis y todo es movimiento. Rehusarse a admitir esto, es solo entregarle tiempo a la tragedia y quitárselo a la felicidad.

(*) PEIRCE, CH.S. (2012) “Conferencias de Harvard sobre el pragmatismo” Obra filosófica reunida, Tomo II (1893-1913) Editores Houser&Kloesel (1989) Indiana University Press. Edición en Castellano, Editorial Fondo de Cultura Econónica. Mexico DF.p.211

“El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Facultad Tecnológica de la Universidad de Santiago de Chile”

Por Verushka Fuentes – Fuente: La Vanguardia